Capitulo 15: ¿QUIÉN QUIERE A LOS ABUELOS? (2ª PARTE)

La segunda de mis aventuras, era que le tenía muchísimo cariño demasiado diría yo, a mi abuelo paterno, hasta tal punto que también pasaba algunas horas con él en Campillo de Arenas (Jaén), hablaba de muchas cosas y compartía una afición con la que yo llegué empezar a desarrollar mis grandes dotes como jugador de dominó. Lo empecé a considerar como mi verdadero “padre”. Aunque al principio tenía que sufrir la horrorosa experiencia de las derrotas en dominó, poco a poco le iba pillando el manejo a la cosa.

 

Yo en muchas ocasiones visitaba la casa de mi abuelo en Campillo de Arenas, donde se quedaba allí a dormir en cortos períodos. Además tenia allí muchísimos amig@s, por no decir que  me conocía casi los 3.000 habitantes del pueblo y cuando iba allí, en los días previos se lo contaba uno a otro y cuando llegaba lo sabían tod@s. Precisamente sin ser socio de APROSOJA, tenía allí un amigo sordo que se llamaba Ismael. Durante las noches mi abuelo paterno y mi padre, se salían a la puerta y se sentaban a charlar. Y yo, tranquilamente me ponía a jugar con una pelota de color rojo de las antiguas.

Mi abuelo se sentaba en la puerta y observaba con detenimiento como pasaba la gente por la calle y como jugaba a la pelota. Mi abuelo era muy silencioso, tranquilo y tímido, características que he heredado de él. Pero muy listo y muy buena gente, como yo también. Yo le pegaba patadas a la pelota y a la vez me ponía a ver detenidamente la casa de mi abuelo, la que años atrás era una taberna. Una casa antigua que merecía la pena ver. Mi primer gran descubrimiento era que necesitaba buscar amig@s para salir por el pueblo. Era un aburrimiento para mí estar solo con lo travieso que era. Pronto tuve, los primeros amig@s y empezaba la gente a preguntarme cosas por ser de capital. A partir de ahí, mis amig@s empezaban a respetarme mucho y no sé porqué. De vez en cuando aprovechaba el momento para mirar la plaza u observar el kiosco que había cerca. Cuando yo regresaba junto a mi abuelo y mi padre, ellos no se habían movido de sus sitios todavía.

 

-PAPÁ: ¿Qué pasa ahora? ¿Ya has terminado de jugar? (Me preguntaba de forma sorprendente).

-YO: Si, he terminado de jugar. No tengo amigos y estoy aburrido. Estoy cansado de hacer lo mismo. Ahora quiero ver el interior de la casa del abuelo. (Contestó).

-ABUELO: ¿Si? Pues ven conmigo. ¿Qué quieres ver? (Dijo el anciano levantándose de la silla).

-YO: El corral, el bodegón, la chimenea, mi habitación, quiero verlo todo. (Explicó).

 

Yo no esperaba más y me marchaba detrás de mi abuelo y me dirigía con junto a el a la puerta del corral, que en aquel momento estaba abriendo mi abuelo. Desde afuera del corral podía ver las ventanas de las habitaciones en la que dormía o había ventanas de los vecinos del al lado. También mi abuelo me enseñó una gran chimenea con un gran caldero colgante, su habitación donde iba a dormir durante las noches y un bodegón donde guardaba dos hermosos gatitos. Y que gatitos más bonitos.

 

-YO: ¡¡Abuelo!!

-ABUELO: ¿Qué?

-YO: La casa es muy grande y muy antigua.

-ABUELO: Sí, hace años fue una taberna, pero luego la cerramos.

-YO: Y, ¿Venia mucha gente aquí?

-ABUELO: Claro, hasta el alcalde del pueblo de aquella época pasaba grandes tardes aquí. Por eso soy conocido en el pueblo.

 

Durante algún tiempo, yo tenía esperanza de que pudiera llevarme bien con mi abuelo y así fue. Cada vez me llevaba mejor con él. Al fin y al cabo, mi abuelo también estaba sólo y los ratos que pasaban juntos se sentían muy a gusto conmigo. Por eso dice el refrán que “ LA UNIÓN, HACE LA FUERZA”. Bueno, mi abuelo también se sentía muy a gusto tanto con la compañía de sus hijos como de todos sus nietos. Sin embargo, a mi me demostraba algo en especial, algo más que una buena amistad, aunque fuera mi abuelo.